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Salmo 116 A (114): Acción de gracias


INDICE

Salmo y oraciones
Canto eucarístico, o de acción de gracias
Comentario exegético
Para el rezo cristiano
Catequesis de Juan Pablo II
Comentario de C. M. Martini, Al alba te buscaré. La escuela de la oración


Acción de gracias

1Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
2porque inclina su oído hacia mí,
el día que lo invoco.

3Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
4Invoqué el nombre del Señor:
"Señor, salva mi vida".

5El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
6el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.

7Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
8arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

9Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Oración I:
Dios de poder y misericordia, que, por la muerte y resurrección de tu Hijo, nos has dado la esperanza de escapar de las redes de la muerte y de los lazos del abismo; arranca nuestras almas de la muerte, nuestros ojos de las lágrimas, nuestros pies de la caída, para que podamos caminar en tu presencia en el país de la vida. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II:
Míranos, Señor, envueltos, con frecuencia, en redes de muerte y caídos en tristeza y angustia, y contempla en nosotros el rostro de tu Hijo doliente; tú, que eres benigno y justo, arranca nuestros pies de la caída y haz que, a través de las dificultades de nuestra peregrinación, caminemos en tu presencia, invocando sin cesar tu nombre, hasta llegar al país de la vida. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]
INDICE




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Canto eucarístico, o de acción de gracias.
VV. 1-2. Comienza con un enunciado genérico, no referido al pasado. Dice en un presente duradero la experiencia ya asimilada del salmista.
VV. 3-6. Narra la experiencia de la liberación: una enfermedad grave, que hace sentir la presencia ineludible de la muerte, y hunde al hombre en la angustia. En esta situación invoca al Señor, y el Señor lo escucha. En el momento presente, en el acto de recordar, la bondad de Dios adquiere un carácter de constante: por eso el tono de enunciado genérico, en adjetivos y participio.
V. 7. La experiencia de la liberación es fuente de confianza para el hombre.
V. 8. Resume la liberación. El tercer miembro prepara el verso final.
V. 9. Concluye con un propósito esperanzado. "Caminar delante del Señor" es el proceder fiel del hombre, el que Dios exigió a Abrahán. "En el país de la vida" -librado del reino de los muertos-, el israelita puede convivir con su Dios, el Dios de la alianza; en la tierra prometida, que es tierra de Dios y de vida.
[L. Alonso Schökel]
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Para el rezo cristiano
Introducción general


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El salmo 116 es un himno de acción de gracias. Aunque el orante recurra a expresiones estereotipadas del salterio, el salmo lleva la impronta de su piedad personal. Ha pensado su composición para que sea recitada en el templo donde la comunidad esté reunida. Él ha escapado de peligros mortales, parecidos a los del rey Ezequías, y ahora tiene la necesidad de proclamar la bondad del Señor. Comienza con una confesión de fe (vv. 1-2): "El Señor escucha". Continúa con la descripción de la angustia pasada (vv. 3-4). Finalmente, entona un canto de alabanza y confianza (vv. 5-8), que concluye con un propósito esperanzado: "Caminaré en presencia del Señor..." (v. 9).

El favor concedido a un individuo repercute en la comunidad creyente. Por eso aquí se mezclan los tonos personales con los acentos comunitarios. Consiguientemente proponemos la siguiente forma de recitación sálmica:

Asamblea, Profesión de fe: "Amo al Señor... el día que lo invoco" (vv. 1-2).
Salmista, Descripción de la dificultad: "Me envolvían redes de muerte... salva mi vida" (vv. 3-4).
Asamblea, Canto de alabanza y confianza: "El Señor es benigno y justo... me salvó" (vv. 5-6).
Salmista, Recuerdo del pasado: "Alma mía... mis pies de la caída" (vv. 7-8).
Asamblea, Propósito esperanzado: "Caminaré... país de la vida" (v. 9).

"Amarás al Señor, tu Dios"

Los beneficios de Dios en el pasado exigen una permanente actitud de amor en el hombre. Nuestro salmista ha intuido la profundidad del amor de Dios, en todo momento volcado hacia el hombre. Es un anticipo de la definición de Dios como amor. No es un amor hecho de meras palabras, sino manifestado. Por amor envió a su Hijo único, para que vivamos por medio de él (Jn 3,16). Éste, a su vez, observa una conducta de amor hasta el extremo de dar la vida por sus amigos. Al amigo de Jesús se le pide que retorne el amor a Dios y al prójimo, sin que se le permita dividir las dos facetas de un mismo amor (Mt 22,39; Lc 10,27). Quien así se comporta ha nacido de Dios; siempre tendrá a Dios propicio, dispuesto a escucharle el día que lo invoque.

El descanso después de la fatiga

Así como en el pasado Dios condujo a nuestros padres al país del reposo y de la paz, en el momento presente es benigno, justo y compasivo con quien le invoca como salvador de la vida. Ha arrancado al orante de una caída irremediable y le ha otorgado la calma. El tránsito de la fatiga al descanso ya no es una imagen vacía después que el Padre escuchó a Jesús por su actitud reverente, una vez que éste clamara a Él con oraciones, lágrimas y sangre (Hb 5,7). También el cristiano ha de pasar por muchas tribulaciones para entrar en la gloria. Los salvados serán los que vienen de la gran tribulación, donde lavaron sus vestiduras y las blanquearon en la sangre del Cordero (Ap 7,14). Han tenido la valentía de testimoniar el nombre de Cristo, en el que han encontrado el reposo de sus vidas.

Propósitos para una vida cristiana

Al amigo de Dios, Abrahán, se le ordena que camine en presencia del Señor y le sea totalmente fiel. Es el mérito que alega Ezequías para que Dios le libre del azote de la enfermedad. Nuestro salmista hace del imperativo divino un propósito: si Dios le restituye al país de los vivos, él caminará en la presencia del Señor. Jesús, el poderoso profeta en obras y en palabras ante Dios y ante los hombres, en cuya boca no hubo engaños, sino que todo lo hizo bien, puede proponer con exigencias nuevas el antiguo imperativo de santidad: "Vosotros sed perfectos como el Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). Un propósito que compromete nuestra vida cristiana, y finaliza en la corona que Dios nos tiene reservada.

Resonancias en la vida religiosa

Cuestionar el sentido de la existencia: Nuestra historia personal es testigo de situaciones conflictivas y críticas en las que nuestra existencia queda cuestionada. "Me envolvían redes de muerte... caí en tristeza y angustia". Y es muy grave que una vida humana, creada por Dios, llegue a cuestionarse el sentido de la existencia.

Sólo Dios puede ofrecernos el sentido total y responder a todos nuestros interrogantes. Sus caminos son irrastreables, y por ello es difícil encontrar entre nosotros la respuesta. El salmo 114 nos invita a invocar el nombre del Señor: "¡Señor, salva mi vida!". Y Él, el Creador, que se ha comprometido con el hombre hasta el punto de hacerse hombre -naciendo, viviendo y muriendo como él-, no podrá desatender nuestra súplica. Él, que es amor y condescendencia, no puede volver la mirada ante el sencillo y el hombre sin fuerzas.

En los momentos de desasosiego y crisis podemos encontrar nuestra serenidad y paz en el Señor. Quien camina en su presencia vive confiado, y más pronto o más tarde encontrará el sentido de su existir.

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre santo, Tú nos has manifestado tu inmensa compasión y bondad en la muerte y resurrección de tu Hijo amado, Jesús; por medio de Él has arrancado nuestra alma de la muerte, nuestros ojos de las lágrimas, nuestros pies de la caída; comunícanos tu amor y tu bondad para que caminemos siempre en tu presencia. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios omnipotente y eterno, que llevaste a nuestros padres al país de la paz, y a tu Hijo, el Señor, le arrancaste de la muerte enjugando las lágrimas de sus ojos, para que nosotros recobrásemos la calma; concédenos ser testigos de Cristo en medio de la tribulación de este mundo y admítenos un día en tu reposo eterno. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Tú, Señor, benigno, justo y compasivo, has sido bueno con nosotros: has arrancado nuestros ojos de las lágrimas, nuestros pies de la caída; reconciliados contigo, por medio de Jesús, el profeta poderoso en palabras y obras, concédenos caminar en tu presencia todos los días de nuestra vida. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]
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Comentario exegético
[El salmo 114 de las versiones de los LXX, de la Vulgata y también de la Liturgia de las Horas, es la primera parte del salmo 116 de la versión hebrea. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Acción de gracias. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Acción de gracias por haber sido preservado de la muerte. El salmista da gracias a Dios porque le ha librado de un peligro próximo de muerte.- "Acción de gracias porque Dios escucha siempre nuestras súplicas. Cualquier dificultad se convierte en una nueva experiencia de la bondad y misericordia de Dios. Cuando nos suceden nuevas dificultades, recobramos la paz renovando nuestra fe y confianza en Dios" (J. Esquerda Bifet).]

Acción de gracias del salmista
por haber sido preservado de la muerte

Reconocido a los beneficios recibidos, el salmista declara su amor para con Yahvé, que nunca ha desoído sus plegarias; pero ahora esto tiene un particular sentido, ya que Yahvé le ha dispensado una gracia excepcional al salvarlo de un peligro grave de muerte a causa de una enfermedad que no especifica. En el momento crítico de su vida, el Señor inclinó su oído hacia él desde el cielo para recibir y despachar su ansiosa súplica. En efecto, se hallaba en angustia mortal, pues habían hecho presa de él los lazos o redes de la muerte, que en el lenguaje bíblico significan las enfermedades. El salmista se hace eco de la opinión popular -tomada de los babilonios- de que las enfermedades son emisarios de la región de los muertos para poblarla con nuevos inquilinos. Poéticamente, el salmista presenta a la muerte y al seol (abismo) como dos cazadores al acecho de vidas humanas, poniendo lazos o redes -enfermedades- para que los vivientes caigan en ellos.

Pero bastó la invocación confiada a Yahvé para verse libre de su crítica situación, pues el Dios de Israel tiene predilección por los sencillos y humildes que confían en Él. El salmista ha sentido la mano bienhechora de su Dios, y de nuevo quiere volver a la quietud o calma para darle gracias sin ansiedades ni sobresaltos. Recuperada la salud y alejado el peligro de ir a la tierra de los muertos, el salmista tiene el firme propósito de conformar su vida a la ley divina -caminaré en presencia del Señor- en su existencia terrena: en el país de la vida o de los vivos, que son los únicos que pueden cantar las alabanzas a Dios y reconocer sus beneficios.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]
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Catequesis de Juan Pablo II
Acción de gracias

1. En el salmo 114, que se acaba de proclamar, la voz del salmista expresa su amor agradecido al Señor, porque ha escuchado su intensa súplica: "Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco" (vv. 1-2). Inmediatamente después de esta declaración de amor, se describe de forma muy viva la pesadilla mortal que atenazaba la vida del orante (cf. vv. 3-6).

El drama se representa con los símbolos habituales en los salmos: lo envolvían las redes de la muerte, lo habían alcanzado los lazos del abismo, que quieren atraer a los vivientes sin cesar (cf. Pr 30,15-16).

2. Se trata de la imagen de una presa que ha caído en la trampa de un cazador inexorable. La muerte es como un cepo que ahoga (cf. Sal 114, 3). Así pues, el orante acaba de superar un peligro de muerte, pasando por una experiencia psíquica dolorosa: "Caí en tristezas y angustia" (v. 3). Pero desde ese abismo trágico lanzó un grito hacia el único que puede extender la mano y arrancar al orante angustiado de aquella maraña inextricable: "Señor, salva mi vida" (v. 4).

Es una oración breve pero intensa del hombre que, encontrándose en una situación desesperada, se agarra a la única tabla de salvación. Así, en el Evangelio, gritaron los discípulos durante la tempestad (cf. Mt 8,25), y así imploró Pedro cuando, al caminar sobre el mar, comenzó a hundirse (cf. Mt 14,30).

3. Una vez salvado, el orante proclama que el Señor es "benigno y justo", más aún, "compasivo" (Sal 114,5). Este último adjetivo, en el original hebreo, remite a la ternura de la madre, aludiendo a sus "entrañas".

La confianza auténtica siente siempre a Dios como amor, aunque en algún momento sea difícil entender su manera de actuar. En cualquier caso, existe la certeza de que "el Señor guarda a los sencillos" (v. 6). Por tanto, en la situación de miseria y abandono siempre se puede contar con él, "padre de huérfanos, protector de viudas" (Sal 67,6).

4. Ahora comienza un diálogo del salmista con su alma, que proseguirá en el salmo 115, el sucesivo, que debe considerarse una sola cosa con el 114. Es lo que ha hecho la tradición judía, dando origen al único salmo 116, según la numeración hebrea del Salterio. El salmista invita a su alma a recobrar la calma después de la pesadilla mortal (cf. Sal 114,7).

El Señor, invocado con fe, ha tendido la mano, ha roto los lazos que envolvían al orante, ha enjugado las lágrimas de sus ojos, ha detenido su caída hacia el abismo infernal (cf. v. 8). El viraje ya es evidente y el canto acaba con una escena de luz: el orante vuelve al "país de la vida", o sea, a las sendas del mundo, para caminar en la "presencia del Señor". Se une a la oración comunitaria en el templo, anticipación de la comunión con Dios que le espera al final de su existencia (cf. v. 9).

5. Antes de concluir, repasemos los pasajes más importantes del Salmo, sirviéndonos de la guía de un gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes, cuyo comentario en griego al salmo 114 nos ha llegado en la versión latina de san Jerónimo.

Leyendo que el Señor "escucha mi voz suplicante", explica: "Nosotros somos pequeños y bajos, y no podemos aumentar nuestra estatura y elevarnos; por eso, el Señor inclina su oído y se digna escucharnos. En definitiva, dado que somos hombres y no podemos convertirnos en dioses, Dios se hizo hombre y se inclinó, según lo que está escrito: "Inclinó el cielo y bajó" (Sal 17,10)".

En efecto, prosigue más adelante el Salmo, "el Señor guarda a los sencillos" (cf. Sal 114,6): "Si uno es grande, se enorgullece y se ensoberbece, y así el Señor no lo protege; si uno se cree grande, el Señor no tiene compasión de él. En cambio, si uno se humilla, el Señor tiene misericordia de él y lo protege. Hasta tal punto que dice: "Aquí estamos yo y los hijos que el Señor me ha dado" (Is 8,18). Y también: "Me humillé y él me salvó"".

Así, el que es pequeño y humilde puede recobrar la paz, la calma, como dice el salmo (cf. Sal 114,7) y como comenta el mismo Orígenes: "Al decir: "Recobra tu calma", se indica que antes había calma y luego la perdió... Dios nos creó buenos y nos hizo árbitros de nuestras decisiones, y nos puso a todos en el paraíso, juntamente con Adán. Pero, dado que, por nuestra decisión libre, perdimos esa felicidad, acabando en este valle de lágrimas, por eso el justo invita a su alma a volver al lugar de donde había caído... "Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo". Si tú, alma mía, vuelves al paraíso, no es porque seas digna de él, sino porque es obra de la misericordia de Dios. Si saliste del paraíso, fue por culpa tuya; en cambio, volver a él es obra de la misericordia del Señor. Digamos también nosotros a nuestra alma: "Recobra tu calma". Nuestra calma es Cristo, nuestro Dios" (Orígenes-Jerónimo, 74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 409. 412-413).

[Audiencia general del Miércoles 26 de enero de 2005]
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Comentario de C. M. Martini, Al alba te buscaré. La escuela de la oración
Salmo 116
Invitación a alabar a Dios por su amor

«Las naciones paganas glorifican a Dios por su misericordia, como está escrito: Alabad al Señor todas las naciones; que todos los pueblos le exalten» (Rom 15, 9.11).


Presentación


Se trata del himno más breve de todo el salterio, pero, al mismo tiempo, es un himno completo. Este salmo, pequeña doxología, se compone de 17 significativas palabras que celebran la alianza entre Dios y su pueblo. Su esquema literario es esencial:

- v. 1: Invitación universal a todos los pueblos a la misma alabanza;
- v. 2: motivo de la alabanza: la fidelidad y el amor de Dios por Israel no desaparecerán.

1Alabad al Señor todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos.

2Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

1. El salmo leído con Israel: sentido literal

Podemos pensar el salmo como celebración de la comunidad israelita, que alaba a Dios por la obra salvífica que ha llevado a cabo en favor del pueblo de Israel, que resume la vocación de todos los pueblos a la fe. El himno comienza con una invitación a la alabanza. Ahora bien, no es sólo Israel el que debe alabar a Dios, sino que todos los hombres de la tierra debe ensalzar a aquel a quien debemos buscar y amar con todo el corazón.

Podríamos preguntarnos por qué deben alabar a Dios todos los pueblos. La respuesta que nos hace intuir el salmo es la siguiente: porque todas las naciones han sido testigos de cómo se ha comportado el Señor con Israel, es decir, cómo en un primer tiempo lo castigó con el exilio por su infidelidad y cómo lo perdonó y lo liberó después de la esclavitud, recordando la promesa de fidelidad - hecha a sus antepasados. El obrar de Dios, en realidad, pone de relieve su comportamiento con sus criaturas: quiere que la humanidad viva en paz y por eso la salva y la ama. Y la misión del pueblo de Israel es manifestar a todos el extraordinario obrar del Señor. En efecto, Israel debe poner de relieve respecto a los otros pueblos las dos grandes cualidades de Dios que el pueblo experimentó a lo largo de su historia, una historia compuesta de alianzas por parte de Dios y de traiciones por parte de la comunidad israelita.

La primera virtud de Dios es la hesed, una palabra hebrea rica de significado y que incluye una serie de actitudes, como el amor, la bondad, la ternura, la misericordia: «Alabad al Señor [ ..] Firme es su misericordia con nosotros» (vv 1-2a). Entre Dios y su pueblo se instaura una relación más profunda que la existente entre dos esposos que se aman.

La segunda palabra es `emet, que significa verdad, fidelidad, estabilidad, lealtad; también expresa una promesa sincera y duradera: «Su fidelidad dura por siempre» (v 2b). El amor de Dios es un amor incondicionado: Dios no se cansa nunca de amar, aun cuando no exista por parte del hombre el correspondiente contracambio, de ahí que la alabanza al único Señor se deba extender a todos los hombres.

2. El salmo leído con Cristo y con la Iglesia: sentido espiritual

La relectura cristiana del salmo tiene su fundamento en la carta a los Romanos, donde Pablo cita el salmo a sus hermanos de fe, invitándoles a la acogida fraterna y a la unidad: «Alabad al Señor todas las naciones, celebradlo todos los pueblos» (Rom 15,11). Cristo, con su vida, una vida de entrega de sí mismo a los hombres, desarrolló la misión que le había confiado el Padre tanto para realizar las promesas hechas a los patriarcas como para llevar a los pueblos a dar gloria a Dios: «Cristo se hizo servidor de los judíos para probar que Dios es fiel al cumplir las promesas hechas a nuestros antepasados. Pero también acoge misericordiosamente a los paganos para que glorifiquen a Dios, como dice la Escritura: "Por eso te ensalzaré entre las naciones y cantaré en honor de tu nombre"» (Rom 15,8ss).

Este mensaje evangélico universal de amor misericordioso de Dios a los hombres se ha revelado plenamente en la encarnación de su Hijo, Jesucristo, y en su vida, cuando éste manifestó con su palabra y con sus obras el amor mismo de Dios.

En efecto, «la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn 1,17). Y la Iglesia, a través de los acontecimientos de la historia humana, extiende este amor fiel de Dios con la invitación a la alabanza dirigida a todos los pueblos, a fin de que éstos reconozcan que Dios lleva a cabo su proyecto de amor y de salvación dirigido a toda la humanidad a través de la comunidad cristiana. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia se vuelve creíble al mundo en la medida en que es testigo de la Palabra del Señor mediante la coherencia de su vida: «Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos [..] enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo» (Mt 28,19ss).


3. El salmo leído en el hoy

a) Para la meditación


El Sal 116 nos invita a extender la alabanza del Señor a todos los pueblos. Ahora bien, para que este himno encuentre resonancia en toda la humanidad, hace falta que nosotros hagamos algo más que entonar un canto; es menester que nuestra vida cristiana sea testimonio luminoso del amor que Dios ha derramado sobre nosotros.

A este respecto, resultan muy alentadoras las palabras que Juan Pablo II escribió comentando este salmo: «Las palabras que nos sugiere son como un eco del cántico que resuena en la Jerusalén celestial, donde una inmensa multitud, de toda lengua, pueblo y nación, canta la gloria divina ante el trono de Dios y del Cordero (cf. Ap 7,9). A este cántico la Iglesia peregrinante se une con infinitas expresiones de alabanza, moduladas frecuentemente por el genio poético y por el arte musical. Pensamos, por poner un ejemplo, en el Te Deum, que han utilizado generaciones de cristianos a lo largo de los siglos para alabar y dar gracias a Dios: "Te Deum laudamus, te Dominum confitemur, te aeternum Patrem omnis terra veneratur", "A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos; a ti, eterno Padre, te venera toda la creación". Por su parte, el pequeño salmo que hoy estamos meditando constituye una síntesis eficaz de la perenne liturgia de alabanza con la que la Iglesia se hace portavoz del mundo, uniéndose a la alabanza perfecta que Cristo mismo dirige al Padre.

Así pues, alabemos al Señor. Alabémoslo sin cesar. Pero nuestra alabanza se ha de expresar con la vida antes que con las palabras. En efecto, seríamos poco creíbles si con nuestro salmo invitáramos a las naciones a dar gloria al Señor y no tomáramos en serio la advertencia de Jesús: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5,16). Cantando el salmo 116, como todos los salmos que ensalzan al Señor, la Iglesia, pueblo de Dios, se esfuerza por llegar a ser ella misma un cántico de alabanza».

b) Para la oración

Señor y Padre bueno, te alabamos y te bendecimos junto con todos los pueblos porque, por medio de Jesús, nuestro hermano y salvador, han sido abatidos todos los muros de separación que dividían a los hombres y hemos sido hechos hermanos entre nosotros e hijos tuyos. Padre santo, tú que nos has entregado el mandamiento del amor y fuiste el primero en mostrarnos tu amor misericordioso, ayúdanos a vivir este precepto de vida permaneciendo fieles a nuestros compromisos de la vocación cristiana, para que podamos responder a tu benevolencia, invitando a cada hombre a alabarte y glorificarte.

c) Para la contemplación

Después de haber hablado tan largamente de los actos sagrados del amor divino, para que más fácil y santamente conserves su recuerdo, voy a ofrecerte ahora un compendio y resumen de los mismos. La caridad de Cristo nos apremia, dice el gran apóstol. Sí, ciertamente, Teótimo, esta caridad nos fuerza y hace violencia con su infinita dulzura, practicada durante toda la obra de nuestra redención, en la cual apareció la benignidad y el amor de Dios para con los hombres; porque ¿qué no hizo este divino Amante en materia de amor?

1 °. Nos amó con amor de complacencia, porque tuvo sus delicias en estar con los hijos de los hombres y en atraer a los hombres hacia sí, haciéndose él mismo hombre.

2°. Nos amó con amor de benevolencia, estableciendo su propia divinidad en el hombre, de manera que el hombre fuese Dios.

3°. Se unió a nosotros por un lazo incomprensible, adhiriéndose y abrazándose tan fuerte, indisoluble e infinitamente con nuestra naturaleza que jamás cosa alguna estuvo tan estrechamente vinculada y adherida a la humanidad como lo está la santísima divinidad en la persona del Hijo de Dios.

4°. Se difundió en nosotros y, por decirlo así, derritió su grandeza para reducirla a la forma y a la figura de nuestra pequeñez, por lo que fue llamado fuente de agua viva, rocío y lluvia del cielo.

5°. Estuvo en éxtasis no sólo porque, como dice san Dionisio, salió fuera de sí mismo, en un exceso de su amorosa bondad, extendiendo su providencia a todas las cosas y permaneciendo en todas ellas, sino también, porque, según dice san Pablo, se dejó a sí mismo, se vació de sí mismo, se despojó de su grandeza y de su gloria, descendió del trono de su incomprensible majestad y, si es lícito hablar así, se anonadó a sí mismo para venir a nuestra humanidad, llenarnos de su divinidad y darnos el divino ser de hijos de Dios (Francisco de Sales, Compendio del Tratado del amor a Dios, Balmes, Barcelona 21962, pp. 294-295).

d) Para la vida

Repite a menudo y reza este versículo del salmo:
«Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre» (v 2).

e) Para la lectura espiritual

Todo hombre ha sido creado para alabar a Dios. [...] La alabanza es el estupor de no ser nosotros el centro del universo, es la alegría de que haya alguien más grande que nosotros, que nos ama sin límites, alguien que ama a todo hombre. [...] ¿Podemos decir que nosotros, hombres de hoy, estamos fácilmente inclinados a la alabanza y a la suplica, que son las dos líneas sobresalientes de los salmos? ¿O, tal vez, se alternan en nosotros otros sentimientos propios del hombre que ha perdido el sentido de Dios? Si el hombre ya no sabe alabar ni pedir en el sufrimiento y en las lágrimas, entonces se lanzará a una rabia sin sentido o, por el contrario, se encerrará en un escepticismo demoledor y contento con cualquier satisfacción inmediata. Al binomio bíblico alabanza-lamento, expresivo de la condición humana vivida a partir de Dios, corresponde el binomio rabia-escepticismo, que describe al hombre erradicado de Dios, incapaz de alabanza. Entonces la pregunta se hace personal: ¿Sé alabar? ¿Sé ver el mundo con el prisma del amor? Porque para alabar se necesita una opción, se necesita dar un paso adelante, decidirse a querer alabar, asumir la alabanza como una actitud fundamental y no elegir la rabia o la resignación, sino el amor que alaba a Dios actuante en el mundo.

Quiero alabarlo por nuestra vida, por este don inmenso y terrible, por este don tan responsabilizante y al mismo tiempo tan entusiasmante. Teniendo en cuenta que alabar quiere decir también llorar, saber explotar de dolor, recordamos que la alabanza suscita en nosotros la capacidad de sentir hasta el límite el valor de las cosas que nos lleva a llorar profundamente su pérdida. Llorar por las ocasiones perdidas, llorar por las guerras inútiles, llorar por la sangre derramada sin motivo, por prestigio; llorar por la violencia que llena de sangre el mundo; llorar por los conflictos que se podían evitar. Llorar y airarse. A partir de esta alabanza que nos pone frente a las cosas de forma verdadera, llorar y airarse. No con una rabia que destruye y no consigue realizar nada, sino llorar y airarse con una actitud que es como la de Jesús.

[...] Querría terminar esta reflexión recordando a un hombre que supo alabar, a saber, el papa Montini, un hombre que, precisamente porque era profundamente consciente de los sufrimientos y de lo trágico de la existencia humana, supo elevarse a una calidad de alabanza finísima. Quiero citar unas palabras de su bellísimo Pensamiento de la muerte, el autógrafo que es un poco su pensamiento espiritual. Hablando de su muerte inminente, dice: «Parece que la despedida ha de expresarse en un gran y sencillo acto de reconocimiento, también de gratitud. Esta vida mortal es, a pesar de sus trabajos, sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su fatal caducidad, un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con gozo y gloria: ¡la vida, la vida del hombre! No menos digno de exaltación y de feliz asombro es el cuadro que envuelve la vida del hombre: este mundo inmenso, misterioso, magnífico; este universo de las mil fuerzas, de las mil leyes, de las mil hermosuras y de las mil profundidades. ¿Por qué no he estudiado lo suficiente, explorado, admirado, la morada en la que se desenvuelve la vida? ¡Qué imperdonable distracción, qué superficialidad tan reprobable! Sin embargo, al menos in extremis, se ha de reconocer que ese mundo, "qui per Ipsum factus est", que ha sido hecho por medio de él, es estupendo. Te saludo y te celebro en el último instante, con inmensa admiración y, como se decía, con gratitud. Todo es don: detrás de la vida, detrás de la naturaleza y el universo está la Sabiduría; y después, lo diré en esta despedida luminosa, ¡está el Amor! ¡La escena del mundo es un designio, hoy todavía incomprensible para la mayor parte, de un Dios creador que se llama Padre nuestro, que está en el cielo! ¡Gracias, oh Dios; gracias y gloria a ti, Padre!» (C. M. Martini, Al alba te buscaré. La escuela de la oración, Verbo Divino, Estella 82002, pp. 84-87 passim).
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