Salmo 31 (30) Acción de gracias de un pecador perdonado



Súplica con elementos de acción de gracias. En el salmo se funden ambos elementos, de modo que no es fácil determinar si la acción de gracias se refiere a otra liberación precedente, que funda la confianza actual, o si es una convicción de haber sido escuchado, que permite ver el futuro como pasado ya sucedido en la decisión divina. Esta duplicidad deja el salmo disponible para diversas situaciones. Las últimas palabras de Cristo en su vida mortal (Lc 23,46) son una cita del verso 6. Pronunciadas por Cristo, las palabras del salmo alcanzan su plenitud de sentido: el abandono, el sufrimiento, la confianza, la liberación. Desde esta experiencia, Cristo invita también a los suyos al amor y a la esperanza, abriendo acceso al «asilo» de Dios, revelando «el prodigio de su misericordia». [L. Alonso Schökel]

[1 Del maestro de coro. Salmo. De David.]

2 A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
3 inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
4 sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
5 sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

6 A tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios leal, me librarás;
7 tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
8 tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
9 no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

10 Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

11 Mi vida se gasta en el dolor;
mis años en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

12 Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.


13 Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
14 Oigo el cuchicheo de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

15 Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
16 En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
17 haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

18 Señor, que no fracase por haberte invocado;
que fracasen los malvados
y bajen mudos al Abismo;
19 queden mudos los labios mentirosos
que profieren insolencias contra el justo
con soberbia y desprecio.]

20 Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos.

21 En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.

22 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

23Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.

24 Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

2-5 Forma clásica de la súplica: peticiones apoyadas en la situación del que ora y en las cualidades de Dios.
6-7 Expresión de confianza en el «Dios leal»: es una relación personal.
8-9 Acción de gracias por la liberación.
10 Nuevo desarrollo de los mismos temas con mayor amplitud.
10-14 Como motivación de la súplica, el salmista describe intensamente la situación desgraciada en que se encuentra: los dolores y penas personales, los sufrimientos sociales.
15-16 En el extremo del dolor y del peligro —«todo me da miedo»— se afirma la confianza. La fórmula «Dios mío» es adaptación del título de la alianza «Dios nuestro» y es expresión de la relación personal.
17-19 La súplica repite sus temas y se vuelve contra los enemigos injustos.
20-21 Acción de gracias en forma de himno, elevando a enseñanza general la experiencia individual. El templo es el asilo que Dios ofrece, con la garantía de su propia presencia.
22-23 Acción de gracias que presenta la liberación como sucedida. La ciudad amurallada es Jerusalén, morada de Dios, que él mismo protege.
24-25 Después de alabar a Dios, el salmista toma su experiencia como una enseñanza para los demás: la esperanza es la gran fortaleza.
[L. Alonso Schökel]
[n]Debido a su fuerte lenguaje imprecatorio, los versículos 18 y 19 -al igual que ocurre en otros salmos o fragmentos- no se recitan en la liturgia.[/n]
Los versículos entre [] no se leen en la liturgia


COMENTARIOS AL SALMO 30 (31)



1.PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

Este salmo 30 se canta el Viernes Santo, ya que Jesús en la cruz, tomó de él, su "última palabra" antes de morir: "En tus manos, Señor, encomiendo mi Espíritu" (Lucas 23,46). Pero todo el salmo se aplica perfectamente a Jesús crucificado. Para hacer esta aplicación personal, Jesús no tuvo necesidad de forzar el sentido. Efectivamente, el salmo, antes de que Jesús se lo apropiara en su oración personal, era ya una doble oración:

-El comienzo es la súplica de un acusado inocente, de un enfermo, de un moribundo, expuesto a la persecución: es un maldito, excluido de la comunidad, y "que produce miedo en sus amigos" porque se lo considera como embrujado por malos espíritus... Se huye de él como de un apestado.. . ¿Será su mal contagioso?

-Pero la parte final del salmo es la dulce oración de intimidad de un huésped de Yahveh: a pesar de las acusaciones injustas de que es objeto este moribundo, continúa cantando la felicidad de su vida de intimidad con Dios: "Me confío en Ti, Señor... Mis días están en tus manos... Tu amor ha hecho para mí maravillas... ¡Tú colmas a aquellos que confían en Ti!".


SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS


Salmo 31: Dichoso el que está absuelto de su culpa

"Soy el hazmerreir de mis adversarios...". Fariseos, Escribas, bribones... se burlaban de El. No se contentaron con matarlo, se ensañaron y lo envilecieron, entregándolo a los ultrajes humillantes de la soldadesca... El motivo mismo de la condenación era una burla de desprecio, escrita en tres idiomas: "Jesús Nazareno, ¡Rey de los judíos!".

"Huyen de Mi... Mis amigos me tienen miedo...". A pocas horas de la Ultima Cena tomada con ellos, los apóstoles todos huyeron en el momento del arresto en Getsemaní...

"Oigo las burlas de la gente; se ponen de acuerdo para quitarme la vida...". Escuchamos a las multitudes excitadas por sus jefes pedir su muerte: "¡que lo crucifiquen! ¡Qué su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!". La muerte que deseamos para nuestros seres queridos, para nosotros mismos es la muerte apacible, rodeados por aquellos que nos aman. ¡Qué fortuna para un moribundo, cuyos últimos instantes transcurren mano sobre mano con la persona amada! Jesús, por el contrario, estuvo rodeado de rostros airados.

"Me han olvidado como a un muerto, como a un cacharro inútil...". Expresiones de una violencia inaudita. No, la muerte de Jesús no fue una muerte "natural"... Fue una muerte "de desprecio", la muerte de los esclavos y de los condenados, "como una cosa"... que se puede, si se quiere, "clavar". "Sin embargo, confío en Ti, Señor, y digo: ¡Tú eres mi Dios!". Hace bien pensar que Jesús tenía la costumbre de este ritmo de oración en dos tiempos, que estructuran tantos salmos: a la "lamentación" sigue "la acción de gracias". Volvemos a encontrar el ritmo del salmo 21, que comienza en la "derelección" y termina en la alegría de la "Eucaristía jubilosa".

"En tu mano está mi destino... En tus manos encomiendo mi espíritu". Estas palabras del salmo afloraron espontáneamente en sus labios... Antes de entrar en el "sueño de la muerte". Y la Iglesia en el oficio de "Completas", nos sugiere repetir cada tarde, antes de acostarnos: ponernos en las manos del Padre.

"Sálvame por tu amor... Bendito sea Dios, su amor ha hecho en mi maravillas...". En el texto hebreo, aparece la famosa palabra "Hessed", el amor. La resurrección está próxima, Jesús lo sabe. ¿Cómo podría olvidarlo en este instante?

"Sed fuertes y valientes de corazón todos cuantos esperáis en el Señor..." Jesús tenía conciencia de que no moriría para El solo. Se dirige a todos. El es "el icono" de todo hombre que muere: "ánimo", nos dice.


TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO



Salmo 31: Dichoso el que está absuelto de su culpa
Habiendo puesto este salmo "en labios" de Jesús, hay que ponerlo "en nuestros propios labios", repetirlo por cuenta nuestra, y para el mundo de hoy. ¡Hay tantos enfermos, en los hogares y en los hospitales! ¡Tantos perseguidos, tantos despreciados, tantas personas consideradas como "cosas"! ¡Tantos aislados, abandonados! Pero vayamos hasta el fin del salmo, y repitamos también la acción de gracias.

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo II
PAULINAS, 2ª Edición. BOGOTA-COLOMBIA, 1988, págs. 38 s.

2. /Sal/030/15s

"Tú eres mi Dios". Tú eres el Creador; yo no soy sino un poquito de polvo en tus manos. Puedes configurarme a tu antojo o dejarme reducido a la nada. Y, con todo, eres mi Dios; sí, mío, yo te tengo, me perteneces. No me has creado para luego abandonarme, sino que te ocupas de mí. Es cierto que riges al mundo entero, pero él no te preocupa más que yo: "Tú eres mi Dios; mis días están en tus manos".

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 233

3. Encierro y liberación

A las personas que tienen dificultad para relajarse, se les aconseja tensarse muscularmente, hasta la máxima tesitura, y luego soltarse de golpe. Es el mismo procedimiento que se utiliza en el método psicoanalítico: se hace dolorosamente consciente lo que es dolorosamente inconsciente, sea en el área del miedo, de la desesperación, etc.; y cuando se ha llegado precisamente al punto más álgido y doloroso, ahí mismo se inicia la curva descendente de la liberación.

Lo mismo sucede en el salmo 31. Percibimos en el alma del salmista un gran movimiento, con diferentes temperaturas y niveles. Comienza el salmista con un cierto grado de ansiedad (vv. 2-5), pero pronto pasa a la confianza-seguridad (vv. 6-9). Retorna a una desesperación mucho más profunda, casi al borde de límite (vv. 10-14), y, a partir de esta cúspide, salta el salmista, en una transición bastante brusca, a la paz más profunda y definitiva (vv. 15-24), de tal manera que no parece la misma persona en las distintas situaciones, como si hubiera habido un desdoblamiento de personalidad.

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En los cinco primeros versículos vemos al salmista bastante tenso, inseguro, aprensivo. La razón de este estado de ánimo es la siguiente: el salmista está encerrado en sí mismo. Si bien es verdad que dirige a Dios algunas miradas furtivas, fugaces, el centro de atención, y hasta de obsesión, es él mismo y su situación. Por eso, sentimos que en estos versículos la tensión y la inseguridad avanzan en un crescendo incesante: que yo no quede defraudado, ponme a salvo, ven aprisa a liberarme; por el amor de tu nombre, dirígeme, guíame, sácame de la red que me han tendido (vv. 2-5).

Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el salmista está preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso vemos al salmista asustado. Una fantasía encerrada y asustada ve sombras por todas partes, percibe como reales las cosas inexistentes, o los hechos reales los reviste de dimensiones desmesuradas; todo queda magnificado por el miedo. Todo esto es mucho más notorio en los vv. 10-14.

Esta es la situación de las personas que tienen tendencias subjetivas, como obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... Estos sujetos, que no son pocos, no viven, sino agonizan: viven entre suposiciones, presuposiciones, interpretaciones, obsesiones, «hijas» todas ellas del en-si-mismamiento: fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión.

Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.

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En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo -estaba preso de sí- y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» (v. 6). Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad.

«Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.

«Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se los tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo. Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv. 8-9).

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Así estaba sintiéndose el salmista, cuando, súbitamente, en un descuido, se desprende de Dios y, en un movimiento de repliegue, se encierra de nuevo en sí mismo y, de nuevo -era inevitable-, vuelven las sombras, y un enjambre de espectros con ellas.

Realmente es difícil sintetizar, en tan pocos versículos (vv. 10-14), tan espeluznante descripción: los enemigos se burlan, los vecinos se ríen de él, los conocidos evitan cruzarse en su camino (v. 12), se le deja olvidado como a un muerto, se le desecha como a un trasto viejo (v. 13), todos hablan en su contra, todo le da miedo, conjuran contra él, traman quitarle la vida (v. 14).

Puros fantasmas y engendros subjetivos, fruto de la recaída en el ensimismamiento. El salmista está viviendo escenas de horror, lo mismo que en una pesadilla nocturna: una persona, en el primer sueño, protagoniza un episodio tan horrible que despierta con taquicardia, y con todos los síntomas de haber librado una batalla de muerte. Despierta, y... ¡qué alivio!, ¡todo fue un sueño! En estos versículos, el salmista está realmente dormido en la mazmorra de un ensimismamiento, enclaustrado, perseguido por las sombras, girando en torno a alucinantes espectros. Al despertar (v. 15), comprobará la mendacidad de tales aprensiones.

Quisiera resalta aquí otra lección de vida: ¿cómo se explica esta recaída? Acababa el salmista de hacer una magnífica descripción de su liberación: se sentía libre, seguro, gozoso. Y ahora, de nuevo esta tempestad tan repentina. Tal es la condición humana. Hay personas que son especialmente versátiles e inestables. Pero, aquí, no nos referimos expresamente a ellas. Los estados de ánimo, aun de personas normalmente estables, son oscilantes, suben y bajan, no de otra manera que las alteraciones atmosféricas: ahora la persona está inquieta; horas más tarde, despreocupada; al mediodía, vacilante, al anochecer, resuelta... Hay que comenzar por aceptar con paz esta condición oscilante de la naturaleza, sin asustarse ni alarmarse. La estabilidad, el poder total, la libertad completa vienen llegando después de mil combates y mil heridas, después de muchas caídas y recaídas.

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Como dijimos, la nueva y deplorable situación del salmista se debe a la nueva encerrona en el presidio de sí mismo. Necesita salvarse de sí mismo para poder salvarse de sus enemigos. Y esta liberación será fruto, una vez más, de un acto de fe, que es una salida, o, si se quiere, de un acto de adoración, que es siempre el gran éxodo.

En efecto, con la conjunción adversativa pero el salmista sale y, en un salto acrobático, se arroja en el seno de Dios, como diciendo: todos están en contra de mí, «pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: tú eres mi Dios» (v. 15). ¡Increíble! Con este acto de adoración, y con el consiguiente olvido de sí mismo, caen los muros opresores, se dilatan los horizontes, la luz inunda los espacios, nace de nuevo la libertad, esta vez definitivamente, y vuelve a brillar la alegría.

Al sumergirse en el mar de Dios, el salmista participa de su misma solidez y seguridad. En adelante, hasta el versículo final, tendrá buen cuidado de no volverse sobre sí mismo, porque ya sabe por experiencia que ahí está la raíz de sus más íntimas desventuras; sabe también que mientras mantenga su atención fija en los ojos del Señor, no retornarán los sobresaltos, y el miedo no volverá a rondar su morada.

El liberador es Dios, pero la liberación no se consumará mágicamente. Mientras el hombre se mantenga centrado en sí mismo, encerrado en los muros del egoísmo, será víctima fatal de sus propios enredos y obsesiones, y no habrá liberación posible. El problema consiste siempre en confiar, en depositar en sus manos las inquietudes, y en descargar las tensiones en su corazón. Efectivamente, el salmista reclina la cabeza en el regazo del Padre, coloca en sus manos las tareas y los azares (v. 16), como quien extiende un cheque en blanco.

La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (v. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.

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Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).

A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.

Los versículos 20-23 describen admirablemente, y aun analíticamente, y con una inspiración de real jerarquía, esta gesta de liberación. Vienen a decir que no faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa.

Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos. El Padre no evitará que los miserables completen y disparen sus flechas, pero tampoco permitirá que quien «se acoge a El» sea herido. Por eso, el salmista ya no se inquieta más, porque está refugiado en Dios como en una «ciudadela impenetrable» (v. 23).

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En los versículos finales, el salmista avanza jubilosamente, de victoria en victoria, hasta clavar en la cumbre más prominente este enorme grito de esperanza: «Sed fuertes y valientes los que esperáis en el Señor» (v. 25).

Los que se saltaron sus estrechos márgenes y abandonaron sus oscuras concavidades, y, en alas de la fe, remontaron el vuelo hacia los «espacios» abiertos de Dios, y confiando en El, le entregaron las llaves de sus propias moradas, todos éstos participarán de la libertad, fortaleza y audacia de Dios.

SALMOS PARA LA VIDA
Publicaciones Claretianas
Madrid-1986. Págs. 34-40

4. MI VIDA EN TUS MANOS

Me siento feliz al decir estas palabras: «Tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares». Se me quita un peso de encima, descanso y sonrío en medio de un mundo difícil. «Mis azares están en tus manos». ¡Benditas manos! ¿Y cómo he de volver a dudar, a preocuparme, a acongojarme pensando en mi vida y en mi futuro, cuando sé que está en tus manos? Alegría de alegrías, Señor, y favor de favores.

«Mis azares». Buena suerte, mala suerte; altos y bajos; penas y gozos. Todo eso es mi vida, y todo eso está en tus manos. Tú conoces el tiempo y la medida, tú sabes mis fuerzas y mi falta de fuerzas, mis deseos y mis limitaciones, mis sueños y mis realidades. Todo eso está en tu mano, y tú me amas y quieres siempre lo mejor para mí. Esa es mi alegría y mi descanso.

Que esa fe aumente en mí, Señor, y acabe con toda ansiedad y preocupación en mi vida. Desde luego que seguiré trabajando por mis «azares» con todas mis fuerzas y con toda mi alma. Soy trabajador incorregible, y no he de bajar las miras ni disminuir el esfuerzo; pero ahora lo haré con rostro alegre y corazón despreocupado, porque ya no estoy atado a conseguir el éxito por mi cuenta. Esos «azares» están en tus manos, y bien se encuentran allí. Yo ahora puedo sonreír y cantar, porque por primera vez empiezo a sentir que el yugo es suave y la carga ligera. Mi esfuerzo seguirá, pero desde ahora el resultado está en tus manos, es decir, fuera de mi competencia y, por consiguiente, fuera de mi preocupación.

La paz ha vuelto a mi alma desde que yo he aprendido las benditas palabras: «Tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares».

CARLOS G. VALLÉS
BUSCO TU ROSTRO
Orar los Salmos
Sal Terrae, Santander-1989, págs. 61



SALMO 030