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Salmo 28 (27)


Palabras clave

Oración: A ti, Señor te invoco (1), no seas sordo a mi voz (1), escucha mi voz suplicante (2), cuando te pido auxilio (2), cuando alzo las manos hacia tu santuario (2), escuchó mi voz suplicante (6).

Enemigos: Malvados (3), ni con los malhechores (3), llevan la maldad en el corazón (3), su mala conducta (4).

Salvación: Roca mía (1), mi fuerza y mi escudo (7), me socorrió (7), mi corazón se alegra (7), es fuerza (8), apoyo y salvación (8), salva a tu pueblo (9), bendice tu heredad (9), sé su pastor (9).

La luz del Nuevo testamento

Gracias, Padre, por haberme escuchado. Yo sé que siempre me escuchas; lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado (Jn 11, 41-42).

Señor, si quieres puedes limpiarme (Lc 5, 12).

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre que posee la gloria, os dé un saber y una revelación interior… para que comprendáis su extraordinaria potencia a favor de los que creemos, conforme a la eficacia de su poderosa fuerza. Desplegó esa eficacia con el Mesías, resucitándolo y sentándolo a su derecha en el cielo (Ef 1, 17-20).

Oración

Oh Dios, que eres nuestro escudo y salvación,
has acogido la oración suplicante de Cristo,
y lo has resucitado en la mañana de Pascua.
No seas sordo a nuestra oración
mira con bondad a tu Iglesia que vive afligida,
salva a tu pueblo,
y te alabaremos ahora y por todas las generaciones.



COMENTARIOS AL SALMO 27


1. SALMO 27. TU PALABRA ME DA LA VIDA
Por Antonio Pavía, misionero comboniano

En este Salmo encontramos una súplica que un hombre angustiado lanza a Dios desde su situación de abandono y desamparo: “Hacia ti clamo, Dios mío, Roca mía, no estés mudo ante mí: no sea que, ante tu silencio, baje a la fosa igual que los demás”.

Como vemos, este hombre emplaza a Dios a que pronuncie una Palabra sobre él, pues sabe que toda palabra que sale de la boca de Dios le dará la vida, le levantará de su postración y abandono... Por eso puntualiza “no estés mudo, no guardes silencio conmigo”.

Jesucristo es la Palabra hecha carne que Dios envía para dar vida a todo hombre que, en sus angustias y aflicciones, se siente representado por nuestro salmista. Escuchemos cómo inicia San Juan su Evangelio: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn.1; 1-4)
Esta Palabra-Vida, que es la salvación del hombre , la entendió muy bien el apóstol Pedro cuando , después de la multiplicación de los panes , en un momento en que la muchedumbre, satisfecha con el milagro , había rechazado y abandonado a Jesús , preguntando Él a los apóstoles si también querían marcharse , respondió en nombre de todos :”Señor ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes Palabras de Vida Eterna (Jn.6; 68)

El mismo Juan, en su predicación a las comunidades, insiste en Jesucristo como aquel que Dios ha enviado como Palabra de Vida para el hombre. Así inicia la primera de sus cartas :”Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído , lo que hemos visto con nuestros ojos , lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida , pues la Vida se manifestó...(1 Jn.1;1-2) . El apóstol dirá que el hecho de ver, oír, contemplar y tocar la Palabra de Vida es lo que hace posible que estén en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn.1; 3)

Volvamos al salmista que prorrumpe en una exultante alabanza a Dios porque ha sido escuchado en su oración. Es una primicia de la definitiva alabanza salida de Jesucristo cuando su Padre lo levantó del sepulcro. Recogemos sus palabras: “¡Bendito sea Yahvé que ha oído la voz de mis plegaria! ¡Dios mío, mi fuerza y mi escudo, en ti confió mi corazón, me has ayudado: mi carne de nuevo ha florecido, te doy gracias de todo corazón!”.

Decíamos que esta alabanza anuncia la victoria de Jesucristo sobre la muerte, a la que fue conducido por su fidelidad al Padre y al hombre. El Hijo de Dios, efectivamente, fue devuelto a la Vida, y Vida Eterna, tal y como lo anunció en repetidas ocasiones. Entresacamos esta cita: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo (Jn.10; 17-18)

Jesucristo hace de su vida un continuo escuchar al Padre, es por eso por lo que tiene conciencia de que puede ir a la muerte sabiendo que la Palabra- Vida que lleva consigo no puede morir, y es en sí la garantía de su resurrección.

Pero esta victoria de Jesús no es solamente para Él. Muere para hacer partícipes de su triunfo a todos aquellos que encarnan la Palabra-Vida .Le oímos hablar así en el siguiente texto: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la Vida Eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10; 27-28)

Detengámonos en la secuencia de esta cita evangélica: "Las ovejas escuchan la Palabra”, que las permite entrar en comunión con Dios. “Yo las conozco”. A partir de esta comunión, pueden seguir al Hijo de Dios. “Ellas me siguen”. Siguen a Jesucristo y ¿a dónde va Él? Sabemos que va al Padre (Jn.14; 12). Es por eso que Jesús tiene autoridad para proclamar la gran promesa:”Yo les doy Vida Eterna”.

Todas estas promesas que hemos escuchado están cumplidas en Jesucristo y, al mismo tiempo, están contenidas en la Palabra. Ser cristiano significa que un hombre es tan sabio que acoge el Evangelio como lo más importante de su vida. En él, el hombre experimenta vivencialmente que Dios le ama con un Amor tan infinito y eterno como infinito y eterno es el Evangelio que le salva. Por eso nadie, ni siquiera la muerte, nos “arrebatará de su mano”.


2. LA ROCA

Tú eres mi Roca. En un mundo en el que todo se tambalea y todo cambia, en el que el hombre es inconstante y voluble como pluma al viento, en el que nada es estable, nada es fijo, nada permanece; en un mundo de inseguridad e inconstancia... tú eres mi Roca.

Tú permaneces cuando todo pasa. Tú eres firme, fijo, eterno. Tú eres el único que da seguridad y ofrece garantías. Sólo en ti puedo encontrar refugio, sentirme seguro y hallar paz. Tú eres mi Roca.

Alrededor mío hay arenas movedizas, lodazales, marismas, caminos resbaladizos y terrenos empantanados. Tengo que andar despacio y con cautela. No puedo correr ni saltar ni bailar, aunque mi alma lo quiera. Tengo que fijarme al dar cada paso y tentar la firmeza de cada piedra en el camino. El avanzar por los terrenos de la vida es proceso lento, lleno de aprensión y miedo a cada paso. No puedo fiarme de nada ni de nadie. Siempre queda la duda, la sospecha y el miedo. Cuando todo se tambalea, la mente misma se agita, y la paz desaparece del alma.

Esa es mi mayor prueba: que yo mismo no estoy firme. Soy un manojo de dudas. No es ya que no me fie de nadie, sino que no me puedo fiar de mí mismo. Dudo y vacilo y tropiezo. No sé lo que quiero yo mismo, y no estoy seguro de adónde quiero ir. La incertidumbre no sólo está fuera de mí, sino dentro de mí, muy dentro de mí, en mis decisiones, mis opiniones, mis mismas creencias. Hago cien propósitos y no cumplo ninguno; comienzo cien proyectos y no acabo ninguno; emprendo cien viajes y no llego aninguna parte. Soy una caña agitada por el viento. No tengo firmeza en mí mismo, y por eso necesito urgente y vitalmente tener al lado a alguien en quien pueda apoyarme.

Ese eres tú, Señor. Tú eres mi Roca. La firmeza de tu palabra, la garantía de tu verdad, la permanencia de tu eternidad. La Roca que se destaca a lo lejos en medio de olas y arenas y vientos y tormentas. Sólo con mirarte encuentro reposo. Sólo qon saber que estás allí, siento ya tranquilidad en mi alma. Palpo tu sólida presencia, tu encarnación en piedra. Me apoyo contra tu lado, y me invaden la tranquilidad y la paz. En un mundo de cambios, tú eres mi Roca, Señor, y esa profesión de fe trae la alegría a mi alma.

«El Señor es mi fuerza y mi escudo: en él confía mi corazón; me socorrió, y mi corazón se alegra y le canta agradecido. El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su ungido. El Señor es mi Roca».

CARLOS G. VALLÉS
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae. Santander 1989, pág. 56

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