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Salmo 10


1Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
2porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
3Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

4Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

5El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
6Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

7Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

COMENTARIO AL SALMO 10

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Confianza del justo. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Absoluta confianza del justo en el Señor.]

En esta magnífica oda se canta la fe ciega en el Dios providente. El salmista, invitado a emprender la fuga por consejo de algunos amigos, que miraban la situación sólo desde el punto de vista humano, responde que tiene toda su confianza en el poder del que habita en lo alto, desde donde contempla las acciones de los hombres. Por eso hará justicia a los rectos de corazón, mientras que perderá a los impíos, que viven fuera de su ley santa.

Desde el punto de vista literario, este salmo es un diálogo dramatizado entre los amigos del salmista, pusilánimes y alarmados ante los peligros inminentes, y el salmista, confiado en la providencia de Yahvé. Podemos distinguir dos secciones: a) invitación de los amigos a huir (vv. 1-3); b) respuesta del salmista, confiado en la protección divina (vv. 4-6).

Invitación a la huida (vv. 1-3). Los amigos invitan al salmista a emprender la huida hacia las regiones montañosas, como pájaro amedrentado por los cazadores. En la espesura del bosque encontrará su refugio. David, huyendo de Saúl, se refugió en las montañas; y los Macabeos también se acogieron a la geografía montañosa cuando empezó la persecución seléucida. Los enemigos del salmista son gentes sin remordimientos y traidores y están espiando la ocasión de caer sobre él. Como cazadores expertos tensan el arco y ajustan las saetas, para dar certeramente en el blanco en la indefensa víctima que es el justo perseguido. Buscan las ocasiones propicias en la oscuridad de la noche, para cogerle desprevenido. La vida, pues, del salmista está en gran peligro, y por eso es aconsejable la huida a lugares apartados, como los montes. Cuando se han conculcado los fundamentos de la moral y se hace caso omiso de los valores religiosos, no hay nada que esperar en la sociedad, porque siempre los más desaprensivos están al acecho para caer sobre el de recto corazón. Contra ellos parece que nada puede hacer el justo, como el salmista. La argumentación es clara desde el punto de vista puramente humano, si se prescinde de la existencia de un juez superior que da a cada uno según sus obras. La vida es lucha entre el bien y el mal, y no es aceptable como programa huir cuando hay peligro para los buenos. Esta es la idea que va a desarrollar el salmista ante sus pusilánimes amigos, demasiado alarmados ante la situación comprometida presente.

Yahvé, Juez supremo sobre los hombres (vv. 4-7). Frente a todas las medidas de prudencia humana está la fe en un Ser superior, que está por encima de todos los hombres, pues tiene en los cielos su trono (v. 3). Desde allí contempla la marcha de los acontecimientos entre los hombres. Su palacio es santo, porque se halla lejos de toda contaminación terrenal. El salmista destaca esta trascendencia y superioridad de Dios sobre los hombres para dar a entender a sus interlocutores lo pequeños que son sus enemigos al lado de Él. Sus maquinaciones no se ocultan al que desde la atalaya celeste contempla a los hombres. Yahvé está allí entronizado no sólo como Rey de la creación, sino como Juez de la historia humana; por eso sus pupilas escudriñan a los hijos de los hombres. Pero prueba al justo y al impío, para aquilatar el grado de virtud y de malicia en cada uno de ellos. Precisamente en la persecución y adversidad se mide el grado de virtud en los hombres. En el libro de Job, Dios prueba con la enfermedad y el infortunio al varón recto por excelencia; su desgracia dará la medida de su virtud (Job 1,11). Por eso Yahvé permite que el justo sea perseguido por los que son instrumento de este juicio discriminativo en la sociedad. Pero su providencia se mueve a impulsos de las exigencias de la justicia y la equidad, y, por tanto, no abandonará al justo que sufre ni dejará de castigar al que injustamente ataca al virtuoso. Por exigencias de su justicia odia la violencia (v. 5).

Y el salmista, recordando la catástrofe de Sodoma y Gomorra (Gn 19,24), declara que al fin habrá un juicio discriminador, pues Dios enviará un terrible castigo sobre los impíos. En la perspectiva de los profetas y salmistas está siempre la esperanza del futuro juicio que ha de preceder a la manifestación mesiánica para poner las cosas en su punto. La descripción está calcada en la desaparición de las dos ciudades malditas del mar Muerto; por tanto, no ha de tomarse al pie de la letra. Los profetas hablan también del juicio de Dios en términos cósmicos escalofriantes, conforme al módulo de una literatura apocalíptica en la que la imaginación tiene gran importancia (Is 34,1). A los impíos les tocará en suerte la destrucción.

Después de esta declaración de tipo escatológico-apocalíptico cambia el tono del salmo. El verso 7 tiene todas las apariencias de ser una adición de tipo sapiencial, incrustada en el uso litúrgico para contraponer a la suerte trágica del impío la plácida del que vive conforme a la ley de Dios: Dios ama la justicia, y por eso, algún día, los rectos contemplarán su faz. En la literatura bíblica viejo-testamentaria, la frase ver la faz o rostro de Dios equivale a servirle, a asistir a su culto en el santuario o a participar de su benevolencia y protección. Este parece ser el sentido del contexto, sin que la expresión del salmo aluda a una retribución en ultratumba, es decir, a una visión facial de Dios, como se enseña en la revelación neotestamentaria.

[Extraído de Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

* * *

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Prosigue nuestra reflexión sobre los textos de los salmos, que constituyen el elemento sustancial de la Liturgia de las Vísperas. El que hemos hecho resonar en nuestros corazones es el salmo 10, una breve plegaria de confianza que, en el original hebreo, está marcada por el nombre sagrado de Dios: Adonai, el Señor. Este nombre aparece al inicio (cf. v. 1), se repite tres veces en el centro del salmo (cf. vv. 4-5) y se encuentra de nuevo al final (cf. v. 7).

La tonalidad espiritual de todo el canto queda muy bien reflejada en el versículo conclusivo: «El Señor es justo y ama la justicia». Esta es la raíz de toda confianza y la fuente de toda esperanza en el día de la oscuridad y de la prueba. Dios no es indiferente ante el bien y el mal; es un Dios bueno, y no un hado oscuro, indescifrable y misterioso.

2. El salmo se desarrolla fundamentalmente en dos escenas. En la primera (cf. vv. 1-3) se describe a los malvados en su triunfo aparente. Se presentan con imágenes tomadas de la guerra y la caza: los perversos tensan su arco de guerra o de caza para herir violentamente a sus víctimas, es decir, a los fieles (cf. v. 2). Estos últimos, por ello, se ven tentados por la idea de escapar y librarse de una amenaza tan implacable. Quisieran huir «como un pájaro al monte» (v. 1), lejos del remolino del mal, del asedio de los malvados, de las flechas de las calumnias lanzadas a traición por los pecadores.

A los fieles, que se sienten solos e impotentes ante la irrupción del mal, les asalta la tentación del desaliento. Les parece que han quedado alterados los cimientos del orden social justo y minadas las bases mismas de la convivencia humana (cf. v. 3).

3. Pero entonces se produce un vuelco, descrito en la segunda escena (cf. vv. 4-7). El Señor, sentado en su trono celeste, abarca con su mirada penetrante todo el horizonte humano. Desde ese mirador trascendente, signo de la omnisciencia y la omnipotencia divina, Dios puede observar y examinar a toda persona, distinguiendo el bien del mal y condenando con vigor la injusticia (cf. vv. 4-5).

Es muy sugestiva y consoladora la imagen del ojo divino cuya pupila está fija y atenta a nuestras acciones. El Señor no es un soberano lejano, encerrado en su mundo dorado, sino una Presencia vigilante que está a favor del bien y de la justicia. Ve y provee, interviniendo con su palabra y su acción.

El justo prevé que, como aconteció con Sodoma (cf. Gn 19,24), el Señor «hará llover sobre los malvados ascuas y azufre» (Sal 10,6), símbolos del juicio de Dios que purifica la historia, condenando el mal. Los malvados, heridos por esta lluvia ardiente, que prefigura su destino último, experimentan por fin que «hay un Dios que hace justicia en la tierra» (Sal 57,12).

4. El salmo, sin embargo, no concluye con este cuadro trágico de castigo y condena. El último versículo abre el horizonte a la luz y a la paz destinadas a los justos, que contemplarán a su Señor, juez justo, pero sobre todo liberador misericordioso: «Los buenos verán su rostro» (Sal 10,7). Se trata de una experiencia de comunión gozosa y de confianza serena en Dios, que libra del mal.

Innumerables justos, a lo largo de la historia, han hecho una experiencia semejante. Muchas narraciones describen la confianza de los mártires cristianos ante los tormentos y su firmeza, que les daba fuerzas para resistir la prueba.

En los Hechos de Euplo, diácono de Catania, que murió hacia el año 304 bajo el emperador Diocleciano, el mártir irrumpe espontáneamente en esta serie de plegarias: «¡Gracias, oh Cristo!, protégeme, porque sufro por ti... Adoro al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Adoro a la santísima Trinidad... ¡Gracias, oh Cristo! ¡Ven en mi ayuda, oh Cristo! Por ti sufro, oh Cristo... Es grande tu gloria, oh Señor, en los siervos que te has dignado llamar a ti... Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque tu fuerza me ha consolado; no has permitido que mi alma pereciera con los malvados, y me has concedido la gracia de tu nombre. Ahora confirma lo que has hecho en mí, para que quede confundido el descaro del Adversario» (A. Hamman, Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 72-73).

[Audiencia general del Miércoles 28 de enero de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

Este salmo es un diálogo entre los amigos del salmista, pusilánimes y alarmados, y el propio salmista que, confiando en Dios, nada teme. En Israel, aparentemente, la fe mengua y las costumbres se corrompen; de ahí la actitud decaída de los amigos del salmista, de ahí el consejo que sale de sus bocas: Escapa como un pájaro al monte, porque, cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?

La situación de temor ante el arraigamiento del mal en el mundo se repite también en nuestros días y puede constituir para muchos una gran tentación de desánimo; este salmo nos invita a rechazar los consejos de los «profetas de desdichas» que ante cualquier dificultad nos irán repitiendo: Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?

Que nuestra respuesta ante todo posible temor sea la misma que alentó la fe del salmista: Al Señor me acojo, porque el Señor es justo y se complace en los justos, y por ello estamos ciertos que, finalmente, los buenos verán su rostro.

Oración I: Confiamos, Señor, poder entrar un día en tu templo santo del cielo, donde tienes tu trono, y poder contemplar allí tu rostro; a ti nos acogemos, en medio de las dificultades de esta vida; porque tú eres justo y amas la justicia, confiamos que tus ojos no dejarán de observarnos con mirada protectora y providente. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor, tú que tienes tu trono en el cielo, contempla cómo los malvados tensan el arco para disparar contra los buenos; no permitas, Señor, que tus hijos caigan en la tentación del desánimo; que, ante la dificultad, no escapemos como un pájaro al monte, sino que sepamos acogernos en ti y, robustecida nuestra fe, esperemos, sin temor, que un día podremos contemplar tu rostro, por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

* * *

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

Salmo de confianza, que utiliza los elementos de una meditación sapiencial sobre buenos y malos, pero con una intensidad religiosa superior.

VV. 1-3. Después de la profesión inicial de confianza, el peligro está en la boca de los amigos. Es una situación trágica: la maldad triunfa impune, y el hombre siente que los cimientos del orden social se tambalean. En esta situación, ¿qué puede hacer el justo? Escapar como un pájaro; el monte parece brindar su firmeza en esta especie de terremoto.

VV. 4-5. Pero el salmista reconoce una firmeza superior; algo inconmovible y base de todo orden: Dios en el cielo, Dios en su templo. El salmista se acoge al Señor acudiendo a su templo, y encuentra un punto de apoyo en esta presencia atenta y activa de Dios.

V. 6. El castigo, quizás reminiscencia del castigo de Sodoma, es escatológico o definitivo: fuego destructor.

V. 7. En cambio el justo puede contemplar el rostro de Dios, es decir, sentir a Dios presente en el templo, acceder a trato personal con Dios, experimentar su benevolencia.

Para la reflexión del orante cristiano.- El horizonte escatológico de este salmo permite fácilmente la trasposición al contexto cristiano: el ansia de ver el rostro de Dios encontrará satisfacción de contemplación en la mística; finalmente, en la visión beatífica. En todos estos casos hemos de insistir en el aspecto personal de la fórmula. En cuanto al castigo, queda proyectado al gran día de la parusía, cuando Cristo Señor juzgará a vivos y muertos.

[L. Alonso Schökel]

* * *

MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

El salmo 10 es un cántico de confianza con un fin didáctico. Quien aquí ora es un perseguido que se refugia en el templo. La composición, por consiguiente, es pre-exílica. El diálogo con los amigos ha sido transformado en un salmo, con abundantes citas de lugares bíblicos conocidos, mediante el cual el orante intenta que los demás sigan su ejemplo. La trasposición cristiana puede girar sobre la asistencia divina, sobre la contemplación del rostro de Dios o sobre el Señor, juez de vivos y de muertos.

Este salmo de confianza es de una estructura sencilla: un diálogo entre los amigos del salmista y éste. Si se quiere escenificar la composición se podría hacer del modo siguiente:

Salmista 1.º, Confesión inicial: «Al Señor me acojo, por qué me decís» (v. 1a).

Asamblea, Consejo al justo perseguido: «Escapa como un pájaro... podrá hacer el justo?» (vv. 1b-3).

Salmista 1.º, Confianza en Yahweh: «Pero el Señor está en su templo... los buenos verán su rostro» (vv. 4-7).

Quien se acoge a Dios no quedará confundido

El salmo se abre con una confesión de fe y posteriormente expone sus motivos: el templo es el cielo inviolable en nuestra tierra; el Señor que lo habita conoce las intenciones de los hombres, a quienes juzgará por sus obras. ¿Por qué huir? Dios no abandona a quien pone su confianza en Él. En la hora del abandono, efectivamente, el Padre estaba con Jesús, a quien no dejó en la sombra del Hades. Quien ahora cree en Cristo puede ser perseguido, pero no está solo, sino que Cristo está con él todos los días. Más aún, goza de la serena presencia del Padre y del Hijo, que han hecho morada en el creyente. ¿Por qué huir? Nadie arrebatará nada de la mano del Padre.

Verán el rostro de Dios

Contemplar el rostro de Dios acaso sea cobijarse en su templo, o acogerse al Señor. Expresado en futuro, pudiera significar experimentar la salvación que se espera. Pero el futuro queda abierto a Aquel que nos ha manifestado el nombre de Dios por estar en el seno del Padre. El conocimiento íntimo que el Hijo tiene del Padre provoca en Felipe esta admirable reacción: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8), sólo que Jesús ya ha manifestado al Padre, y la identidad que tiene con Él, a los pequeños de este mundo. Presupuesto este conocimiento, ya no es un espejismo ansiar la visión facial de Dios: Es verdad, ahora caminamos en fe, no en visión (2 Co 5,7). Pero día llegará en que veamos no confusamente, sino cara a cara, cuando conozcamos como somos conocidos. Es el estado de bienaventuranza propio de los limpios de corazón.

Juzgará a vivos y a muertos

Las asechanzas de los malos no logran arrebatar del corazón del salmista su íntima confianza. Él sabe que su Dios no está alejado. Al contrario, es el único que accede a las profundidades del hombre: a los riñones y al corazón. Por ahora es conveniente que crezca el trigo con la cizaña, hasta que llegue el día de la siega (Mt 12,24). Será el día señalado para reunir el grano y aventar la paja. Lo que nos importa sobremanera es permanecer unidos a Cristo, la vid plantada por el Padre. Quien ahora rechaza a Cristo será tratado con más rigor que las impenitentes Sodoma y Gomorra, castigadas con fuego y azufre por la corrupción de sus habitantes; estas ciudades tendrán al menos la excusa de que no vieron lo que nosotros podemos ver. Quien, por el contrario, se mantiene fiel, puede descansar de sus fatigas porque sus obras le acompañan. ¡Es tremendo caer en las manos de Dios vivo, que juzgará a vivos y a muertos!

Resonancias en la vida religiosa

¿Cómo contemplar el rostro de Dios?: Somos Templo de Dios, construido con las piedras vivas y engarzadas de nuestras personas sobre el fundamento, que es Cristo. El amor, difundido en nuestros corazones por el Espíritu, hace inviolable nuestra comunidad religiosa. Aunque haya personas interesadas en herirnos o en disparar desde la sombra contra nosotros, aquí en la comunidad -santuario de Dios- encontraremos acogida y refugio.

Las amenazas contra la vida religiosa se multiplican hasta tal punto que incluso en el interior del Santuario se agazapan los enemigos. Y cuando éstos se presienten, en momentos especialmente difíciles, se nos puede ocurrir escapar, evadirnos, marchar a otro lugar «como un pájaro al monte», abandonar la comunidad. Pero el salmista nos indica que el Dios del cielo es el Dios presente en nuestro Templo comunitario, fuerza inconmovible para quien se acoge a Él.

Debemos construir la comunidad en el amor y en la justicia. Vivir así es ya contemplar el rostro de Dios aquí en la tierra, visibilizado en el sacramento de la comunidad.

Oraciones sálmicas

Oración I: A ti nos acogemos, Dios protector de los justos, aunque fallen los cimientos de la tierra, porque Tú eres justo y amas la justicia. Confesamos que Tú estás con nosotros, que tu nombre ha sido invocado sobre nosotros y que, así como no dejaste a tu justo experimentar la corrupción, tampoco abandonas a quienes buscan tu serena presencia. No permitas que nada ni nadie nos arrebate de tu mano protectora. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Bendito seas, Dios Padre nuestro, porque nos has manifestado tu nombre y has puesto en nuestro corazón el gozo inefable del conocimiento filial; haz que mientras peregrinamos en la sombra de la fe, anhelemos ver tu rostro y conocerte tal como Tú nos conoces, ya que en contemplarte a ti está el gozo perfecto y la verdadera dicha. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Oh Dios, que escrutas los riñones y el corazón, que observas a los hombres y examinas a inocentes y culpables; mantennos unidos a Cristo, la vid verdadera, para que cuando llegue el día de la poda no nos toque en suerte un viento huracanado, sino que seas Tú nuestro lote y heredad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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