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Salmo 73 (72)- Por qué sufre el justo


¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!

Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.

Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.

Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.

Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.

Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?

Si yo dijera: "Voy a hablar como ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.

Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.

Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.

Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.

Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.

Pero yo siempre estaré contigo,
tu agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.

Sí: los que se alejan de tí se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.


Salmo 73 (72)

El tema central de este Salmo es el doloroso enigma que plantea a los justos la comparación entre sus propios sufrimientos (vs. 13-14) y la felicidad de que gozan los impíos (vs. 4-12). El mismo tema -característico de los escritos sapienciales- es tratado también en los Salmos 37; 49. Pero aquí el autor del Salmo no se expresa con la serena objetividad de los sabios. sino que da un testimonio de su experiencia personal: exasperado por lo que consideraba una injusticia de parte de Dios (vs. 21-22), estuvo a punto de extraviarse (v. 2), hasta que una visita al Santuario (v. 17) le hizo experimentar con extraordinaria intensidad la cercanía de Dios, y así comprendió lo que significa estar alejado de él (v. 27). El final del Salmo es de un contenido casi místico: el salmista manifiesta que su único anhelo es vivir en intimidad con Dios.


COMENTARIOS AL SALMO 72


1.- El autor del Salmo 72 expresa su lucha interior, al ver cómo triunfan los malvados y se ríen de los justos, a pesar de haber comprobado en su propia vida la amorosa providencia de Dios:

“¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de corazón! Pero yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis palabras, porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos, no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo y los cubre un vestido de violencia; de las carnes les rezuma la maldad, el corazón les rebosa de malas ideas. Insultan y hablan mal y desde lo alto amenazan con la opresión; su boca se atreve con el cielo. Ellos dicen: ‘¿Es que Dios lo va a saber?’ Así son los malvados y siempre seguros, acumulan riquezas".

Este comportamiento violento y soberbio unido a su vida de caprichos y placeres es una tentación para la gente sencilla:

“Por eso mi pueblo se vuelve a ellos y se bebe sus palabras".

En nuestros tiempos ¿no hay millones de gente de vida corriente bebiéndose los alardes que sin pudor alguno hacen en las televisiones la gente ‘del gran mundo’? Sin darse cuenta o dándosela, se alimentan de estos escándalos que les van corrompiendo el corazón. El buen salmista siente también esta tentación:

“¿Para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos? ¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana?"

La fe y la oración le atrajo la luz de lo alto:

“Meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil; hasta que entré en el misterio de Dios y comprendí el destino de ellos".

En tiempos del salmista no habían recibido todavía la revelación de la vida eterna que nos espera; y los premios y castigos de la justicia de Dios, según ellos, se tenían que cumplir en esta vida. Nosotros ya, con la fe en la otra vida, vemos las cosas de otra manera. Pero también, sin salir de esta vida, podemos comprobar que el justo, el cristiano de verdad, es feliz y los malvados no son felices, por mucho que lo aparenten; que el amor irradia felicidad y bienes a los demás y el egoísmo trae sufrimientos y guerras y numerosas maldades. Sigamos la trayectoria del salmista, cristianizando sus experiencias y sentimientos:

“Comprendí el destino de ellos (los malvados): Los pones en el resbaladero y los precipitas en la ruina; en un momento causan horror y acaban consumidos de espanto".

El salmista se reprende a sí mismo por sus dudas anteriores y afianza su confianza en Dios:

“Cuando mi corazón se agriaba y me punzaba mi interior, yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti.”

Enternece oirlo ahora:

“Yo siempre estaré contigo, tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso. ¿No te tengo a ti en el cielo?, y contigo ¿qué me importa (los bienes de) la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote (riqueza) perpetuo".

Como siempre la experiencia de Dios nos ha de llevar a ofrecer a los demás la misma dicha:

“Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio y contar todas tus acciones en las puertas de Sión (Jerusalén)".

MATÍAS CASTAÑO Pbro.

2. LA AMARGURA DE LA ENVIDIA


«Mi corazón se agriaba... y envidiaba».

Me da vergüenza a mí mismo, pero no puedo remediarlo. ¿Por qué me quemo por dentro cuando mi hermano triunfa? ¿Por qué me entristecen sus éxitos? ¿Por qué me resulta imposible alegrarme cuando otros lo alaban? ¿Por qué he de forzarme a sonreír cuando me veo obligado a felicitarle? Quiero ser amable y educado, reconozco que su trabajo es diferente al mío, que sus éxitos no me hacen ningún daño. Incluso veo perfectamente que sus triunfos deberían alegrarme, porque también él, a su manera, trabaja por tu Reino como yo lo hago; y así, cuandó le salen bien las cosas, le salen también a ti y a mí, y todo eso redunda en tu gloria. Pero, en vez de ver en ello tu gloria, veo solamente su gloria personal, y eso me irrita. Y luego me irrito por haberme irritado. No hay tristeza más triste en el corazón del hombre que la que le hace entristecerse cuando las cosas le salen bien a su hermano.

Y, sin embargo, esa tristeza anida en mi corazón. Simiente amarga. Vergüenza íntima. Envidia inconfesable. El sufrimiento más irracional del mundo y, sin embargo, el más real, universal, diario. Apenas pasa un día, una hora, sin que las garras inútiles de la envidia hagan sangrar a mi corazón indefenso.

Entonces trato de justificar mi locura y encubro con planteamientos filosóficos la necedad de mis quejas. ¿Por qué sufren los justos? ¿Por qué ganan los malvados? ¿Por qué ese hombre, que ni se acuerda de ti, me ha ganado a mí, que te rezo todos los días? ¿Por qué permites que un hombre sin religión triunfe, mientras fieles sinceros quedan en la miseria? ¿Por qué está el mundo al revés? ¿Por qué no hay justicia en la tierra? ¿Por qué te quedas impasible, como si esto no te importase nada? ¿Por qué me pierdo yo en el fracaso y el olvido, mientras que seres a los que no quiero juzgar, pero que a todas luces se saltan tus reglas y aun tus mandamientos, cosechan éxitos y acaparan admiración? ¿Por qué yo, que te sirvo de toda la vida, me quedo atrás en el mundo mientras otros que sólo te sirven de palabra se me adelantan en todo y disfrutan de la popularidad que a mí se me niega?

«Yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis pisadas: porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo, y los cubre un vestido de violencia. Insultan y hablan mal, y desde lo alto amenazan con la opresión. Su boca se atreve con el cielo, y su lengua recorre la tierra. Dicen: '¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?'. Así son los malvados: siempre seguros acumulan riquezas».

«Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos?; ¿para qué aguanto yo todo el día y me corro cada mañana? Meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil».

. Esa es mi tentación, Señor, y ante ti la descubro con toda sinceridad y humildad. Acepto tu juicio, reconozco mi ignorancia, adoro el misterio. Sé que eres justo y misericordioso, y no me toca a mí pedirte cuentas o exigir que tus opiniones se ajusten a las mías. Tienes al tiempo a tu favor (y donde digo tiempo, digo eternidad); sé que amas a todos los hombres y sabes muy bien qué es lo mejor para cada uno en todo instante, y qué es lo mejor para mí, que observo todo eso y siento las cosas profundamente y quiero robustecer mi fe contemplando tu acción entre los hombres. Eres libre para distribuir tus gracias como lo desees, y en lo que haces por uno hay bondad para todos si logro entender con la mente lo que ya creo con el corazón.

Suaviza en mí ese ímpetu que siento de compararme a los demás, ese falso instinto de sentirme amenazado por sus éxitos y desplazado por sus logros. Enséñame a alegrarme con las alegrías de mis hermanos, a sonreír con su sonrisa, a tomar como hechos a mí los favores que les haces a ellos.

Recuérdame que siempre he de respetar tus juicios, aguardar tu hora, creer en la eternidad. Y, sobre todo, Señor, dame la gracia de que no me ponga nunca a clasificar a la gente, a declarar a unos buenos y a otros malos, a encerrarlos en celdas ideológicas que sólo mi orgullo intelectual ha erigido.

Tú eres el único que conoces de veras el corazón del hombre, tú eres Padre y tú eres Juez. A mí me corresponde amar a todos los hombres como hermanos y librarme de la carga que en mala hora me he echado yo mismo sobre mis espaldas de juzgar las conciencias de los hombres sin conocerlas.

Quiero ser feliz estando donde estoy y siendo lo que soy, pues me basta saber que estoy a tu lado y tú me amas y me defiendes.

«¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? Yo siempre estaré contigo; tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso».


CARLOS G. VALLÉS
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae. Santander 1989, pág. 137



SALMO 072
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