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Salmo 61 (60)-Oración de un desterrado

SALMO 060
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Un hombre desterrado -probablemente un levita- suspira por volver a gozar de la presencia divina, viviendo constantemente junto al Santuario de Dios (v.5).

En los vs. 7- 8 se inserta una oración por el rey, cuya vinculación con el resto del Salmo no aparece con claridad. Slide 4 Pues los que hablan así manifiestan que buscan patria. Y si se hubieran referido a aquella de que habían salido, habrían tenido ocasión de volver; pero deseaban una patria mejor, esto es, celestial» Heb 11,13-15.
 El cristiano puede rezar este salmo, añorando la presencia de Dios en el templo.
 Pero llegado al templo terreno, siente una nueva nostalgia por aquel templo celeste, donde el rostro de Dios se manifiesta: allí podrá habitar por siempre junto a Dios, allí tendrá la heredad de los que veneran el nombre de Jesús Señor.

 En cierto sentido, repite el cristiano lo que la carta a los Hebreos dice de Abrahán: «En la fe murieron todos esos, sin haber obtenido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, y confesando que eran extranjeros y forasteros en la tierra.

[1 Del maestro de coro.
Para instrumentos de cuerda.
 De David.]
 2 Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica;
Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible,
 4 porque tú eres mi refugio y mi bastión contra el enemigo.

 5 Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas;
 6 porque tú, oh Dios, escucharás mis votos y me darás la heredad de los que veneran tu nombre.

 7 Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones;
 8 que reine siempre en presencia de Dios, que tu gracia y tu lealtad le hagan guardia.

 9 Yo tañeré siempre en tu honor, e iré cumpliendo mis votos día tras día.
 En la roca inaccesible para mí colócame;
pues tú eres mi refugio, torre potente frente al enemigo.
 ¡Que yo sea siempre huésped de tu tienda y me acoja al amparo de tus alas!
 Porque tú, oh Dios, oyes mis votos: tú otorgas la heredad de los que temen tu nombre".

 MI TIENDA EN EL DESIERTO 
La vida es un desierto, y tú, Señor, eres mi tienda en medio de él.

 Siempre estás dispuesto a protegerme de los rayos del sol
y de los torbellinos de arena en la tormenta. Pronta ayuda y seguridad fiel.

 Si no tuviera la promesa de la tienda, no me adentraría en la hostilidad del desierto.
 Me enseñas con imágenes.
Te has llamado a ti mismo mi roca, mi torre, mi fortaleza, y ahora mi tienda.

 En la roca y en la torre hablaste de fuerza y poder,
 y ahora en la tienda hablas de accesibilidad, de cercanía, de estar juntos en la intimidad de un espacio reducido a través de las mil vicisitudes de la travesía del desierto. ¡
Bendito sea el desierto que me acerca a ti en la sombra de tu tienda!

 Dios nuestro, en nuestros templos terrenos sentimos la nostalgia del templo celestial,

 donde los elegidos contemplan tu rostro: concédenos la dicha de alcanzar un día tu eterna morada.

 Los versículos entre [] no se leen en la liturgia

  De los comentarios de San Agustín, Obispo,  sobre los Salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)   

En Cristo fuimos tentados, en Él vencimos al diablo


Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.

Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: «Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra», es decir, desde todas partes.

Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.

Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en Él, también en Él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en Él, y reconócete vencedor en Él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado
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