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Salmo 38 (37)




Pertenece al género de súplica en la enfermedad, más en concreto, es la oración de un enfermo arrepentido (es el tercero de los salmos penitenciales). Las fases del proceso se suceden así: enfermedad sufrida - sentida como castigo divino - efectos sociales en amigos y enemigos - confesión del pecado - petición de auxilio. Es peculiar la descripción de la enfermedad en sensaciones y sentimientos. Se compone de rasgos plásticos en un vocabulario escogido, pero que no llegan a componer un cuadro preciso, diagnosticable. Al parecer, el autor acumula para crear una figura extrema y ejemplar. [L. Alonso Schökel]
Los versículos entre [] no se leen en la liturgia
[Salmo De David. En memoria.]

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez; 
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.

Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

10 Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
11 siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

12 Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
13 me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

14 Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
15 soy como uno que no oye
y no puede replicar.

16 En tí, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
17 esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

18 Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
19 yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

20 Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
21 los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

22 No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
23 ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.


  COMENTARIOS AL SALMO 37
1. EN LA ENFERMEDAD

Me ha llegado la enfermedad y he perdido el valor de vivir. Mientras mi cuerpo se encontraba bien, di la salud por supuesta. Soy un hombre sano y fuerte, puedo comer cualquier cosa y dormir en cualquier sitio, puedo trabajar todas las horas que haga falta al día, puedo enfrentarme al sol del verano, a la nieve del invierno y a la humedad enfermiza de los largos meses de los monzones. Tengo a veces un dolor de cabeza o un catarro de estornudos, pero desprecio las medicinas y evito a los médicos, y confio en que mi fiel cuerpo me sacará de cualquier crisis y derrotará a cualquier microbio en interés de mi trabajo, que no puede esperar, ya que es trabajo por Dios y por su pueblo. Estoy orgulloso de mi robustez, y cuento con ella para poder seguir trabajando sin descanso y viviendo sin preocupación.

Pero ahora me ha llegado la enfermedad, y estoy destrozado. Destrozado en el cuerpo, entre las sábanas ardientes de una cama en la enfermería, y destrozado en el alma, bajo la humillación y el apuro de mi salud rota. Me da vueltas la cabeza, me palpitan las sienes, me duele todo el cuerpo, el pecho tiene que forzarse a respirar. No tengo apetito, no tengo sueño, no quiero ver a nadie y, sobre todo, no quiero que nadie me vea en este estado de miseria que parece va a durar para siempre. Si el cuerpo me falla, ¿cómo voy a seguir viviendo?

«No hay parte ilesa en mi carne. No tienen descanso mis huesos. Mis llagas están podridas y supuran por causa de mi insensatez. Voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío, tengo las espaldas ardiendo, estoy agotado, deshecho del todo».

Pero ahora, en las largas horas de inactividad forzada, mis pensamientos se vuelven casi necesariamente hacia mi cuerpo, y comienzo a verlo bajo otra luz y a recobrar una relación con él que nunca debí haber perdido. La enfermedad de mi cuerpo es su lenguaje, su manera de hablarme, de decirme que lo estaba maltratando, ignorando, despreciando, cuando de hecho él es parte íntima de mi ser. Como el niño llora cuando nadie le hace caso, así se queja mi cuerpo, porque yo lo he desatendido. Esas quejas son la fiebre, la debilidad y el dolor en que se expresa. Quiero escuchar su lenguaje, interpretar su sentido y aceptar su verdad.

Mi cuerpo está tan cerca de mí que yo lo daba por supuesto y no le hacía caso. Y ahora él me dice, callada y dolorosamente, que no está dispuesto a aguantar más esa negligencia. La enfermedad es sólo un rompimiento entre el alma y el cuerpo, entre el ideal y la realidad, entre el sueño imposible y los hechos concretos. La enfermedad me devuelve a la tierra y me recuerda mi condición humana. Acepto la advertencia y me propongo restablecer el diálogo con mi cuerpo que nunca debí haber interrumpido.

Vamos a recorrer la vida juntos, mi querido cuerpo, de la mano, al mismo paso, mientras los ritmos de tu carne dan expresión a la marea de ideas y sentimientos que sube y baja en los acantilados de mi mente. Sonríe cuando me alegro y tiembla cuando tengo miedo; relájate cuando descanso y tensa los nervios cuando me concentro en los problemas de la vida. Avísame cuando se avecine algún peligro, comunícame tu cansancio antes de que sea demasiado tarde, y hazme llegar tu aprobación cuando te encuentres a gusto y estés de acuerdo con lo que hago y disfrutes de la vida conmigo.

¡Gracias por mi cuerpo, Señor, mi compañero fiel y mi guía seguro por los caminos de la vida! Y gracias también por esta enfermedad que me acerca a él y me enseña a cuidarlo con cariño y con interés. Gracias por haberme recordado que es parte mía, por haber vuelto a unirnos, por haber restaurado la totalidad y unidad de mi ser. Y como señal de tu bendición, como testimonio de que esta enfermedad viene de ti para devolverme el todo orgánico de mi existencia, sana ahora este cuerpo que tú has creado y devuélveme la alegría de la salud y la fuerza para seguir viviendo con gusto y confianza, para seguir trabajando por ti, sabiendo ya que no son sólo mi mente y mi alma las que trabajan, sino mi cuerpo también, en unidad ferviente y cooperación fiel. Al rezar ahora, Señor, es todo mi ser el que te reza.

«No me abandones, Señor; Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación».

CARLOS G. VALLÉS
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae. Santander 1989, pág. 75
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